Cada 12 de mayo, con motivo del Día Internacional de la Enfermería, es importante detenernos a reconocer el valor de una profesión que acompaña a las personas en algunos de los momentos más importantes y vulnerables de la vida.
En una sociedad cada vez más envejecida como la nuestra, la enfermería geriátrica representa mucho más que una especialidad sanitaria: representa una manera de cuidar centrada en la dignidad, la cercanía y el respeto a la persona.
España vive un importante proceso de envejecimiento poblacional. Cada vez vivimos más años y, con ello, aumentan también las situaciones de fragilidad, dependencia y enfermedades crónicas. Este contexto obliga a repensar cómo queremos cuidar y acompañar a las personas mayores, especialmente en etapas de mayor vulnerabilidad o al final de la vida.
La enfermería geriátrica desempeña un papel esencial en este proceso. Su labor no se limita únicamente a administrar tratamientos o realizar controles clínicos. Las enfermeras geriátricas acompañan, escuchan, observan y ayudan a mantener la mejor calidad de vida posible en cada etapa del envejecimiento. Son profesionales que conocen de cerca a las personas, sus necesidades, sus hábitos y también sus emociones y preocupaciones.
En los centros residenciales y sociosanitarios, la enfermería geriátrica es una figura clave para garantizar cuidados seguros y humanizados. Participa en la prevención de caídas, el control de la medicación, la atención a personas con demencia, la nutrición o los cuidados paliativos, entre otros muchos aspectos. Pero, además, cumple una función fundamental de acompañamiento tanto a las personas mayores como a sus familias, especialmente en momentos complejos o de deterioro.
En los últimos años, las residencias han iniciado un importante proceso de transformación hacia modelos de Atención Centrada en la Persona. Esto significa entender que cada persona mayor tiene una historia, unas preferencias y unas necesidades propias, y que cuidar no puede reducirse únicamente a atender enfermedades o cubrir tareas. Cuidar también es respetar la autonomía, preservar la identidad y favorecer el bienestar emocional y social.
En este sentido, la enfermería geriátrica aporta una mirada especialmente humana e integral de los cuidados. Las personas mayores no necesitan solo atención sanitaria; necesitan sentirse acompañadas, escuchadas y cuidadas desde la dignidad. Y eso cobra todavía más importancia en situaciones de fragilidad avanzada o final de vida, donde el confort, la presencia y el acompañamiento adquieren un enorme valor.
Muchas veces, las personas recuerdan menos una técnica o una intervención concreta que la manera en la que fueron cuidadas. Una conversación tranquila, una mano que acompaña, una explicación dada con calma o la sensación de sentirse seguro y escuchado pueden marcar profundamente a una persona y a su familia. En las etapas de mayor fragilidad, y especialmente al final de la vida, los cuidados adquieren un valor profundamente humano.
También es importante recordar que cuidar bien requiere cuidar a quienes cuidan. Las enfermeras trabajan en entornos cada vez más complejos, con alta carga asistencial y necesidades crecientes. Reconocer y reforzar el papel de la enfermería geriátrica es también apostar por unos cuidados más humanos, más coordinados y de mayor calidad para toda la sociedad.
En este Día Internacional de la Enfermería, poner en valor la enfermería geriátrica es reconocer el compromiso de miles de profesionales que acompañan cada día a las personas mayores desde la cercanía, la sensibilidad y el conocimiento. Porque cuidar no es solo curar; cuidar es estar, acompañar y ayudar a vivir cada etapa de la vida con la mayor dignidad posible.
Fernando Martínez Cuervo
Enfermero especialista en Geriatría
Director del Centro Polivalente de Recursos para Personas Mayores El Cristo, Presidente de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica y Miembro del Comité Director del GNEAUPP.
