Los ausentes y los presentes

El filósofo Francesc Torralba nos habla de la muerte de un ser querido, de cómo es una ausencia radical, irreversible que deja un vacío infinito que nadie puede reemplazar, porque cada persona es única, singular, irrepetible. La muerte de los seres queridos es, al final, una ocasión para reconocer el valor de la vida, para agradecer el don de existir, para reconocer quienes son presentes y hacerlos más amable la vida. Puede propiciar un intenso momento de lucidez espiritual.

Los ausentes y los presentes Francesc Torralba

La muerte de un ser querido no es una pérdida. Es una ausencia radical, irreversible que deja un vacío infinito que nadie puede reemplazar, porque cada persona es única, singular, irrepetible.

La ausencia es un concepto físico, pero también emocional. El finado no está y no estará nunca más. Deja un espacio vacío y todos los objetos que tocaba habitualmente adoptan un carácter simbólico porque evocan su presencia. En ellos hay el rastro de su presencia.

Solo puede ser ausente quien ha estado presente. Es presente aquel que ocupa un lugar en nuestra vida, que es significativo. Quien no ha estado nunca presente, tampoco puede ser ausente. La ausencia deja un agujero físico, pero también emocional. Solo podría llenarlo quien ha marchado por siempre jamás. Nadie puede ocupar su espacio, porque nadie encaja en el agujero que ha dejado.

Acompañar una persona en su proceso de duelo es ayudarla a convivir con esta ausencia. La marcha de la persona estimada nos deja solo, desamparados, porque abre un agujero en el alma. A veces, esta ausencia puede llegar a eclipsar a las personas que son presentes. La ausencia de la persona estimada puede acontecer como un agujero negro que lo chupa todo. Entonces los presentes se difuminan y quedan en un segundo plano.

Aprender a vivir con los ausentes es la gran tarea de la madurez, pero esta empresa incluye no olvidar los presentes, quienes ahora y aquí están vivos y nos exigen que permanezcamos vivos y que estemos atentos en sus necesidades y a sus deseos.

No es fácil convivir con los presentes. Cada cual es único y diferente y exige un esfuerzo de tolerancia y ductilidad, pero tampoco es nada fácil vivir con los ausentes, porque los echamos de menos y, en ocasiones, la nostalgia nos sume en una profunda tristeza.

Mientras el ausente es presente en nuestro corazón, vive espiritualmente. No tenemos la capacidad de reconstruirlo físicamente, de darle vida de nuevo, pero en la medida que lo evocamos en nuestras conversaciones y lo recordamos, sigue vivo espiritualmente.

La memoria humana es emocional y, a menudo, imprecisa. Tiende a mitificar el ausente e, incluso, a olvidar sus carencias. Al recordarlo, el corazón se activa, porque nuestra memoria no es un depósito, ni un almacén de datos, sino una potencia del alma, como diría San Agustín, pero, encarnada en un corazón. Al recordar, vuelven a pasar por el corazón los episodios vividos y, al hacerlo, experimentamos tristeza y melancolia.

La ausencia que causa la muerte es irreversible. La irreversibilidad es difícil de digerir emocionalmente. Significa reconocer que no hay vuelta de hoja, que no hay retorno posible. El nunca más hace daño al alma, porque en ella hay un anhelo de reencuentro. Asumir este nunca más exige una gran dosis de coraje.

Querer a alguien, dice Gabriel Marcel (1889-1973), es desear que siempre esté, que nunca muera, que viva eternamente. La muerte es frustrante, porque pone de manifiesto nuestra radical impotencia. No podemos mantener vivo el ser querido, no podemos garantizar que siga presente entre nosotros. Podemos evocarlo a través de la memoria, podemos esperar que el que humanamente no es posible se haga realidad por obra de un poder infinito, pero esta esperanza se sustenta en una fe.

La muerte de los seres queridos es, al final, una ocasión para reconocer el valor de la vida, para agradecer el don de existir, para reconocer quienes son presentes y hacerlos más amable la vida. Puede propiciar un intenso momento de lucidez espiritual.

Autor:
Francesc Torralba, Director de la Cátedra de Ética aplicada ETHOS de la Universidad Ramon Llull